viernes, 6 de mayo de 2011

marxismo


Al margen de cualquier otra ideología homónima, la que ocupa estas líneas basa su idea central en la capacidad de sus teóricos para hacer reír desde el humor absurdo que marcó una época. Como consecuencia sobra presentar a sus ideólogos, que no fueron otros que los hermanos Marx, sin parentesco alguno con el autor de El capital. Pero estos cuatro hermanos, que en realidad eran cinco, sí merecen ser recordados por su contribución a la comedia cinematográfica, un género en el que se adentraron por vez primera en 1929 con Los cuatro cocos. Aunque esta película solo fue un esbozo poco trabajado del humor que perfeccionarían en tres comedias deslavazadas, surrealistas y prácticamente carentes de guión, pero repletas de momentos de gran hilaridad y libertad creativa. En ellas ya se percibía la sana y loable intención de hacer pasar un rato agradable al público que asistía a las salas de proyección para evadirse de la desesperante y nada divertida realidad que siguió al crack bursátil de 1929. Así pues, durante su estancia en la Paramount, estos cuatro hermanos definieron un estilo propio y efectivo que generaba risas y complicidad con el espectador, a quien Groucho no dudaba en dirigirse desde la pantalla rompiendo de ese modo las distancias que los separaba. Pero, como otros grandes cómicos, su mayor triunfo residió en crear personajes irrepetibles y reconocibles que han superado las modas y el paso del tiempo para convertirse en iconos de la comedia cinematográfica, de ahí que la imagen de Groucho se recuerde como la del eterno buscavidas de bigote pintado y cejas pobladas, siempre con una o diez frases delirantes preparadas para sorprendernos, mientras que a Harpo, con su rubia y falsa cabellera rizada, silencioso por decisión propia y alborotador por convicción, uno se lo imagina dispuesto a ser el dolor de cabeza de sus compañeros de reparto. Y qué decir de Chico, de su sombrero y de sus constantes nombres italianos, en su intención de enredar las situaciones que pretendía remediar. Estas son las imágenes que el cine nos ha dejado de ellos, pero sería una falta de tacto no nombrar a aquel que apenas se recuerda cuando se habla de los Marx, porque Zeppo, “el guapo galán”, pronto dejaría de ser un Marx Brothers, aunque nunca un hermano de verdad. Tampoco se puede olvidar a aquella hermana cinematográfica llamada Margaret Dumont, que sufre en la ficción las constantes impertinencias de un Groucho salido de tono, pero ¿cuándo se ha mostrado comedido y falto de ingenio? Estas son algunas de las características ideológicas que convencieron a Leo McCarey en Sopa de Ganso (1933) (un derroche de humor constante que alcanza un surrealismo disparatado hasta entonces nunca visto) y, poco después, a Irving Thalberg (mítico productor de la MGM) para sacar provecho del desparpajo y del gran potencial de los hermanos. La llegada de los Marx a la productora del león, tras “aceptar” una serie de consejos por parte de Thalberg, significó para un salto cualitativo en su siguientes films, uno de los cuales se rodó en 1935 y su responsable fue Sam Wood, quien filmó Una noche en la ópera (famosa entre el gran público por las escenas: la parte contratante de la primera parte... y la de un camarote más concurrido que un centro comercial el primer día de rebajas). ¿Cuáles fueron los cambios que se produjeron? Tras limar algunos defectos en la puesta en escena en títulos anteriores (entre ellos eliminar a Zeppo) y desarrollar una historia dotada de cierto sentido, se obtuvo uno resultado delirante y muy divertido, aunque la comicidad se vio interrumpida por los constantes números musicales, por los diálogos empalagosos (y poco creíbles) entre la pareja de enamorados (nunca interpretados por ellos, salvo cuando Zeppo era el galán) o las omnipresentes actuaciones de Harpo al arpa y de Chico al piano. Esta son las notas de discordancia dentro de un ritmo desenfadado, desenfrenado y algo surrealista, que es donde reside el verdadero acierto de estos Marx. Durante toda la década continuaron haciendo lo que sabían, repitiendo la misma historia, pero reinventándola en cuanto a diálogos y situaciones, hasta que en 1941 rodaron Tienda de locos, un fracaso y un varapalo para esta ilustre familia (al verla se entiende el porqué). Este patinazo lleva a los Marx a plantearse su retirada y les aleja de las pantallas (hacen alguna breve aparición por separado) hasta 1946 cuando regresan con Una noche en Casablanca, título que genera polémica con los dueños de la Warner y a los que Groucho contesta en una de sus famosas cartas: “...Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar este nombre sin su permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad, también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre Warner, pero ¿y el de Brothers? ...Y ahora Jack (por Jack L.Warner), hablemos de usted. ¿Diría usted que es el suyo un nombre original? Pues no lo es. Se utilizaba mucho antes de nacer usted. Sobre la marcha, recuerdo a dos Jacks: había el Jack de Jack y el melocotón gigante y Jack el Destripador, que se hizo un bonito renombre en su día...”. Así eran estos hermanos, unos cómicos irrepetibles que poco a poco fueron abandonando el mundo del cine (para regresar en contadas ocasiones) y separando sus caminos artísticos, pero esa es otra filosofía.

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