jueves, 9 de junio de 2011

El muelle de las brumas (1938)


El pesimismo y la poesía visual desbordan en El muelle de las brumas (Le quai des brumes, 1938) y la convierten en uno de los grandes referentes del realismo poético y en película clave de la filmografía francesa anterior a la Segunda Guerra Mundial, y lo es porque en ella se refleja el sentimiento general de una sociedad que, condenada al desastre, parecía no hacer nada para evitarlo. Para mostrar esta sensación de imposibilidad y fatalidad, Marcel CarnéJacques Prévert elaboraron unos diálogos tan precisos como escasos porque la verdadera información procede las imágenes y de los rostros de unos personajes que se saben perdedores y, por lo tanto, condenados a no alcanzar el otro lado de la niebla, símbolo de que existe un lugar para la esperanza. La desesperanza se cernía sobre Europa del mismo modo que las brumas dominan el muelle donde Jean (Jean Gabin), un desertor del ejército, pretende embarcar hacia un nuevo porvenir más despejado, que le permita dejar tras de sí las brumas que habitan en su interior.


La niebla y la oscuridad dominan el muelle, perfecta ambientación realizada por
Alexandre Trauner, y estas se convierten en una metáfora de unos sentimientos internos que presagian un destino inevitable. El pesimismo, interno y externo, es total, la niebla, la noche, la taberna, la soledad,..., son elementos que manifiestan el interior de Jean y que pocos años después asumiría el cine negro como uno de sus rasgos genéricos. El muelle de las brumas, poética, romántica y pesimista, viene marcada por los sucesos que se desarrollan durante los años previos a la guerra. La situación presagia la falta de esperanza, algo que comparte con los protagonistas, quienes en un último intento, encuentran la necesidad de aferrarse el uno al otro. El desertor empieza a comprender que huir a Venezuela no le proporcionará la paz que anhela, es Nelly (Michèlle Morgan) quien puede ofrecérsela, ella le comprende, le hace sentir bien. Por su parte, la joven se siente protegida, Jean, es fuerte, noble y no necesita saber más de él. La frustración de Nelly tras la desaparición de Marcel (posiblemente su antiguo novio, del quien apenas se sabe algo más), se ve apaciguada con la presencia de ese desconocido que calma sus inquietudes. Sin embargo, Zabel (Michel Simon), su tutor, rompe ese pequeño paréntesis de paz. La sospecha que ronda por la mente de Nelly se confirma, dicho descubrimiento intensifica su deseo por escapar, aunque su posesivo mentor pretenda impedirlo a toda costa. Zabel, la considera suya, es capaz de cualquier cosa con tal de conservar su posesión más preciada. Jean no tarda en descubrir esa situación, que le produce un sentimiento de repulsión hacia ese individuo obsesivo, que pretende controlar todos los aspectos de Nelly. ¿Qué puede hacer? ¿abandonar el muelle de las brumas y alcanzar el otro lado o intentar salvar esa luz que ha descubierto entre tinieblas? Sea cual fuere su elección, su aura parece marcada por una imposibilidad trágica, decidida de antemano por un destino del que no puede huir.

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