jueves, 16 de junio de 2011

Fausto (1926)


¿Sería la humanidad parte de una disputa entre seres celestiales e infernales? Según el inicio de una de las grandes obras de cine mudo sí. Fausto (Gösta Ekman) es el objetivo que debe atrapar el representante de las tinieblas para conseguir que los habitantes de La Tierra sean suyos. Este premio, fruto de la apuesta entre el bien y el mal, es un caramelo muy apetitoso, golosina que obliga a Mefisto a presentarse en el planeta y cubrirlo con su maldad. La enfermedad, la muerte, la miseria domina allí donde la cámara se posa, y lo hace con unos excepcionales efectos visuales (maquetas, trucos fotográficos, imágenes superpuestas, etc.) que, sin duda, deleitarían y sorprenderían a los aficionados que acudieron a su proyección, allá por 1926. Gracias a la agilidad narrativa empleada por Murnau, que se apoyada en un sensacional montaje y en una excelente fotografía de Carl Hoffmann, Fausto (Faust) se convierte en una veloz lucha contra un ese ser maligno que pretende el alma de un hombre que únicamente desea ayudar a esa humanidad amenazada por la peste, y que tras lograrlo es repudiado por aquello a quienes a favorecido, cuando estos comprenden que el milagro curativo es consecuencia de un trato con las fuerzas del mal. Este hombre, humillado por la edad y por sus propios conciudadanos, desea acabar con su existencia, pero Mefisto se lo impide, para ello emplea la persuasión y las promesas de una juventud que le proporcionaría belleza, amor y felicidad. De este modo, este engendro diabólico se aprovecha de la vanidad, del sufrimiento y de las necesidades de un alma rechazada y solitaria como lo es la de Fausto. F.W.Murnau, se inspira en una leyenda medieval, la misma que tomó Goethe para su Fausto (obra en la que también se basa la película, entre otras fuentes), para realizar una magistral lección de narrativa en la que tiene cabida la fantasía, el terror y el romance, siempre con la presente amenaza de ese señor del mal, interpretado de una manera más que convincente por Emil Jannings. Mefisto se ofrece y se postra ante Fausto, pero con la seguridad de que finalmente conseguirá su propósito, que no es otro que ganar la eterna batalla contra las fuerzas del bien. Fausto, pieza fundamental en el juego, no puede resistir la tentación de esa juventud que le ofrecería la posibilidad de disfrutar de las cosas bellas que su anterior estado no le permitía, a cambio, sólo debe firmar un contrato, que hipotecará su futuro y el de sus semejantes. De este modo, nace la relación entre ese humano, que se deja engañar por su autocompasión, y ese ser oscuro, terrible y poco fiable, necesitado del alma de su presa. Sin embargo, la aparición de Gretchen (Camilla Horn) desvía la atención del joven Fausto, quien se enamora y disfruta con su nueva relación, más pura y sincera. La aparición de un sentimiento positivo produce un giro en la narración, el romanticismo cobra mayor importancia, pero sin que la amenaza de esa presencia indeseable cese de jugar con sus vidas, es ese ser receloso quien no permitirá que su premio se escape y para ello empleará artimañas tan viles como su propia naturaleza. Fausto fue una producción de enorme repercusión, tanto por sus innovaciones técnicas como narrativas, obra de la genialidad de un director que ese mismo años recalaría en Estados Unidos, donde realizaría una versión en inglés sobre el original alemán. Merece la pena destacar algunas escenas, como podrían la aparición de Mefisto sobre la ciudad donde vive Fausto, a la que con su maldad condena a la peste, así mismo, es excelente la secuencia del contrato, que muestra un pergamino vacío que se llenará con unas letras que sellarán la vida del desdichado o el viaje, sobrevolando el mundo, sobre la capa de un ser con quien Fausto nunca hubiese debido negociar. Sin duda, una obra cumbre del cine y una muestra de la compleja y genial visión cinematográfica de F.W.Murnau.

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