miércoles, 3 de agosto de 2011

Adiós, muchachos (1987)

Tuvieron que transcurrir más de cuarenta años desde los hechos narrados en Adiós, muchachos (Au revoir, les enfantspara que Louis Malle mostrase en la pantalla aquella etapa de su niñez que nunca llegó a olvidar. Pero lo hizo, y Adiós, muchachos se disfruta y se sufre como un film sincero y emotivo que expone la pérdida de la inocencia, no solo la de sus pequeños protagonistas, sino la de un mundo a la deriva, en manos de la sinrazón que se impone durante este ejercicio fílmico honesto, sin artificios ni sensiblerías forzadas, con el que Malle dio forma física a un recuerdo que se muestra desde la amistad que surge entre su álter ego infantil, Julien (Gaspard Manesse), y Jean Bonnet (Raphael Fejto), dos muchachos que se conocen en un colegio católico francés durante la Segunda Guerra Mundial. Los motivos de su estancia en el centro difieren, ya que el primero llega al internado después de que sus padres decidan alejarlo de la gran ciudad y de sus vidas, mientras que el segundo accede a la escuela porque es judío, como también lo son su padre, encerrado en un campo de prisioneros, y su madre, escondida por temor a ser arrestada. Pero Bonnet ha llegado acompañado de otros dos muchachos, alumnos que no se diferencian del resto y, sin embargo, son perseguidos por un régimen totalitario que les odia. La idea de protegerles entre los jóvenes del colegio parte del director del centro (Philippe Morier-Genoud), porque este asume que los actos perpetrados contra quienes profesan la religión hebrea solo pueden definirse como crímenes. El espacio y el tiempo narrativo se acotan para que la acción se desarrolle dentro de esa escuela durante el curso de 1943-1944, de modo que el recinto se convierte en la cuna de relaciones de amistad y rivalidad o del desencanto inicial que domina a Julien, al verse separado de su madre y saberse ignorado por un padre que no asoma por parte alguna. Su contrariedad lo muestra como un niño caprichoso y manipulador, aunque, a medida que avanzan los minutos, se descubre como alguien imaginativo y observador, que estudia a Bonnet, siempre silencioso e inteligente. Así descubre que ambos son ávidos lectores de los clásicos de aventuras, una característica común que los hermana y le genera la sospecha de que su nuevo vecino de cama es judío, aunque sin encontrar la menor diferencia entre ellos. <<¿Somos judíos?>>, le pregunta a su madre cuando esta lo visita. Podrían serlo, porque ¿en qué se distinguen? Acaso ¿sus necesidades, sus emociones o su aspecto físico, no son similares? Los sentimientos de los muchachos, al igual que los de cualquier otro de su edad y en su situación, son parejos y no encuentran diferencias entre ellos, simplemente porque no existen, como tampoco entienden qué sucede o por qué soldados extranjeros y no extranjeros se pasean por las tierras francesas ejerciendo un control irracional. Adiós, muchachos es un película que centra su atención en esa infancia que ignora, pero que intuye, como se descubre en la evolución de sus personajes y de los hechos que fluyen del recuerdo de un cineasta que lo trasladó a la pantalla para dejar constancia de su despertar a la crueldad, a la incomprensión y a la absurda persecución de aquellos inocentes que formaron parte de su vida durante el curso en el que se gestó la pérdida definitiva de la inocencia de un muchacho que evoca con cariño al compañero desaparecido, pero con la amarga tristeza de haber sido testigo aquel sinsentido que, a pesar de los años, continúa sin comprender su por qué.

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