lunes, 1 de agosto de 2011

Yojimbo (1961)

¿Western, drama, chanbara, jidaigaki, thriller,...? Lo único seguro es que Yojimbo es una obra maestra pertenezca al género que pertenezca. Pero podría simplificarlo y decir que se trata de un excelente western samurái, cuya acción se desarrolla en un pueblo donde el polvo y la constante presencia de la muerte se precipitan hacia un final en el que los planos de los personajes se turnan al compás de la música, mientras avanzan hacia un desenlace que se retarda y que sería imitado en posteriores producciones tanto estadounidenses como europeas. Sin duda, Akira Kurosawa fue de esos grandes realizadores que innovó el cine y que se convirtió en fuente de inspiración para muchos otros, Yojimbo es una clara muestra de ello, además de ser una de sus grandes películas. En ella se encuentran influencias del western americano, que Kurosawa fusionó con el cine japonés para dar forma a un brillante film de muerte, traición y ambición. Esta mezcla resultó atractiva e impactante para jóvenes directores de otras latitudes, como pudo ser el caso de Sergio Leone, que realizó Por un puñado de dólares, un exitoso remake que dignificó el spaghetti western, y que al cineasta italiano lo llevó ante los tribunales por plagio. Pero dejando a un lado esta curiosidad, la película de Kurosawa presenta una situación tensa que tiene como protagonista a Sanjuro (Toshiro Mifune), un samurái sin rumbo ni señor, que por designio del azar llega a un pueblo donde la corrupción, la violencia y la lucha por el poder se reparten entre dos bandas yakuzas. Este ronin mercenario tiene un plan, aunque todavía no sabe cómo ponerlo en práctica, sin embargo no tarda en actuar para sorpresa de todos. Ambas facciones son testigos de su habilidad con las armas, por lo que comprenden que sería un aliado valioso e incluso determinante a la hora de alcanzar la supremacía que anhelan, por eso están dispuestos a ofrecerle una considerable suma de dinero para que se una a ellos. Esta situación le ofrece la oportunidad para jugar con los implicados, pues no entra dentro de sus planes aliarse con grupo alguno. El mercenario va por libre, siendo su intención sembrar la desconfianza que provoque que los delincuentes se maten los unos a los otros. Como buen discípulo de Odiseo, la cizaña sembrada por este especie de "Ulises samurái" se basa en el engaño, miente para alcanzar su fin (o puede que sean dos): ganar dinero y de paso pacificar la zona.
La demostración de su rapidez en el manejo de la espada deja perplejos a todos los jugadores y asesinos, al tiempo que los atemoriza, por este motivo, los jefes de los clanes comprenden que contar con sus servicios declinaría la balanza a favor del bando que lo contrate. Como parte de su argucia acepta la oferta de una de las facciones, circunstancia que convence a su nuevo jefe para iniciar una guerra abierta, pero, justo cuando van a entrar en combate, Sanjuro les anuncia su intención de no intervenir porque ha sido testigo de la traición que han perpetrado contra él. El samurái se desentiende y, como espectador, sube a una torre de madera desde donde observa la escena que Kurosawa mostró utilizando un plano general. Las dos bandas avanzan, retroceden, vuelven a avanzar, temen. La muerte no es un plato de buen gusto, nadie la acepta y por ello sus pasos son inseguros. Cuando parece que el desenlace es inevitable, la inesperada visita del inspector de la zona provoca que se detenga el enfrentamiento. De modo que el samurái ha fracasado en su primer intento, mas no se da por vencido y ya prepara una nueva argucia para terminar de una vez por todas con el terror que domina un pueblo donde solo semejan vivir bandidos, jugadores y asesinos. El regreso de uno de los hermanos que lideran una de las bandas sumado a la aparición de una mujer, separada a la fuerza de su marido y de su hijo, precipitan los hechos y desvelan la verdadera naturaleza del mercenario desconocido, que tendrá que desarrollar todas sus habilidades si pretende llevar su nave a buen puerto.

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