miércoles, 14 de septiembre de 2011

Senderos de gloria (1957)

Tras su brillante Atraco Perfecto (The Killing), Stanley Kubrick recibió la oferta para realizar varias películas bajo el sello de la productora del actor Kirk Douglas, una asociación que sólo duró dos films: Espartaco (Spartacus) y la magistral Senderos de gloria (Paths of Glory), obra cumbre del cine antibelicista, un film al que el tiempo no afecta ni en su mensaje moral ni en la indiscutible calidad que atesora. El general Broulard (Adolphe Menjou) se presenta ante el general Mireau (George Macready), amigo y subordinado, y tras exponer el motivo de su visita, alude un posible ascenso que anula cuanto se ha dicho hasta ese momento; Mireau cambia su no rotundo por un sí que le abre las puertas a una nueva estrella y a un nuevo mando. Ahora, ve posible que los hombres de su división tomen la colina de Las Hormigas. Esta decisión, tomada por dos generales que habitan en lujosas mansiones distanciadas de las incomodidades del frente, ha decidido el destino de ocho mil soldados franceses. Muchos hombres perecerán en el intento, sin embargo el egoísmo, las presiones de un frente estático que no avanza, el desconocimiento real de todo cuanto ocurre en la verdadera guerra y la falta de empatía hacia unos hombres que sufren, mueren y temen, han vencido a las razones que expone el coronel Dax (Kirk Douglas) cuando recibe al general Mireau en el frente. Dax se opone a una orden que, con mucha suerte, acabaría con más de la mitad de sus hombres; por ello no duda en reprochar las palabras de su superior aún a costa de su carrera, algo que para él resulta secundario, postura contraria a la de aquellos que le han ordenado encabezar un ataque suicida escudado tras un falso patriotismo. Los hombres saltan de las trincheras, pretenden avanzar, pero el fuego enemigo lo impide; la alambrada se ha convertido en un cementerio descubierto, los supervivientes no pueden continuar, incluso algunos soldados no han logrado abandonar sus posiciones iniciales. El general Mireau observa esta situación, pero no quiere aceptarla, su egoísmo y su alejamiento de la realidad le ciegan, sus hombres son unos cobardes. La idea de perder la estrella, que ya creía en su poder, le enfurece, le domina y le obliga a ordenar que disparen contra sus propias tropas, el deseo no le permite comprender que el avance es imposible. Tras la retirada, el berrinche del general es todavía mayor, los hombres no han respetado la bandera, no han cumplido con el deseo de su país (si Mireau hubiese sido sincero no habría utilizado en la palabra país). Sólo existe una solución, castigar un comportamiento cobarde dando un ejemplo que no se olvide y que, al mismo tiempo, eleve la moral de las tropas; ¿qué mejor idea para contentar a los muchachos que la de juzgar a diez hombres de cada compañía y ejecutarlos por cobardía frente al enemigo? Sólo esos asesinatos masivos podrán aplacar la ira de un individuo que se ha visto despojado de su deseo de grandeza. Sin embargo, la intervención del coronel Dax, quien apunta que la decisión es una canallada injusta e injustificable, logra que el número de acusados se reduzca a tres; apaño que continúa siendo un crimen. ¿Cómo pueden estos oficiales juzgar el valor? ¿Han combatido en el frente? ¿Han sufrido la carestía y las heridas? El film de Stanley Kubrick se posicionó sin dudarlo a favor de esos soldados sin nombre, individuos que viven bajo el constante miedo a la muerte, sin llegar a comprender el por qué; y que se han convertido en juguetes en manos de unos oficiales caprichosos, a menudo incompetentes, que dirigen una contienda alejados del verdadero significado de la vida humana y de la cruda realidad a la que condenan a sus hombres. Así pues, Senderos de gloria se acerca a esas piezas sacrificables, tipos como el cabo Paris (Ralph Meeker) o los soldados Arnaud (Joseph Turkel) y Ferol (Timothy Carey), víctimas de un consejo de guerra que no comprenden, a quienes se les priva de una defensa justa, circunstancia que refleja un desilusionado coronel Dax en su alegato final ante un tribunal que ha decidido antes de iniciarse la farsa marcial. La posterior espera se acerca todavía más a esas tres víctimas que han descubierto que su vida tiene fecha de caducidad; el miedo, la desesperación, la incomprensión y la locura se palpa en esa celda oscura, donde un sacerdote pretende ofrecer consuelo a unos hombres que no pueden ser consolados; ¿cómo pretende que los condenados acepten de buen grado una sentencia que les privará de la vida? ¿cómo es posible que les consuele con frases como sé valiente o no desafíes la voluntad de Dios? La dureza de los momentos finales de Senderos de gloria alcanzan un nivel pocas veces igualado en films de esta índole; los rostros de los condenados, el orgullo que siente el general, la impotencia de Dax, las sombras de la celda o la cámara avanzando hacia el destino golpean a un espectador que comprueba una injusticia disfrazada de gloria, una barbarie asumida por un alto mando que desea poner punto y final a su propia incompetencia, pero descargando la responsabilidad en aquellos seres que consideran prescindibles, pero que han demostrado con su sangre, sudor y lágrimas una valentía que no se reconoce en unos individuos que viven la contienda desde sus lujosos despachos.

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