viernes, 18 de noviembre de 2011

Madame de... (1953)

Los pendientes de madame de... son testigo de un matrimonio que se miente, en el que la apariencia parece importar más que el amor. Esas mismas alhajas serán también testigo de la necesidad que ha obligado a Louise de... (Danielle Darrieux) a desprenderse de ellos, como también son testigo de la despedida que se produce entre el general André de... (Charles Boyer) y Lola (Lia Di Leo), su amante, a quien se los regala tras haberlos recuperado, como recuerdo de una historia de amor que debe finalizar. Lola los lucirá en sus orejas hasta que en Constantinopla debe deshacerse de ellos para pagar las deudas de juego; de ese modo, una vez más, cambian de manos y caen en poder del diplomático italiano Fabrizzo Donati (Vittorio De Sica), quien de regreso a Francia no tardará en enamorarse de Madame de...; finalizando un círculo que devuelven las joyas a su dueña original. Un gran Max Ophüls utilizó los pendientes como herramienta brillante y hermosa para presentar la evolución de los protagonistas que conforman un triángulo amoroso imposible, porque posiblemente ellos brillen por fuera igual que las joyas, pero no en su interior, donde los deseos y los sentimientos se entremezclan y se frustran sin saber muy bien hacia dónde se dirigen. Inicialmente, los pendientes parecen carecer de valor sentimental para madame de..., sin embargo, cuando los recupera tras sus encuentros con Frabrizzo Donati cobran un significado tan especial como el amor que parece unirles, un amor que no se llega a consumar, pero que crea una situación extraña entre ellos y el conde André de..., quien pasa de una aceptación forzada por la galantería y el buen humor para dejar paso a los celos y al afán por conservar su imagen y su matrimonio. La Louise que se muestra en el instante inicial de Madame de... se descubre coqueta, superficial y alejada de su marido, a quien la actitud de su esposa no parece importar demasiado. Él también la engaña, siguiendo el juego de mentiras que gira en torno a las alhajas y a su relación, ocultando a Louise que ha descubierto la venta secreta. No obstante, las joyas no son más que la excusa para realizar una sutil y elegante radiografía de la alta sociedad europea del siglo XIX, marcada por las apariencias y por los engaños, como se comprueba en los selectos ambientes en los que se descubre una constante de la falsedad; sin embargo, la vida de Louise cobra un nuevo rumbo cuando aparece Donati, un hombre que la ama y que se diferencia de los demás, porque resulta sincero y opuesto a su marido. Este hecho marca el comportamiento del conde, quien en principio tolera el coqueteo, porque lo ve como un juego inocente, uno más en su bella esposa, pero no tardará en comprender que existe algo más, y es ese algo distinto a las anteriores veces el que le irrita, una sensación de perder su posesión más preciada, una cuestión que no pretende permitir aunque para ello rete, ocultando el verdadero motivo, al barón Donati. De este modo, Madame de... se convierte en un triángulo trágico en el que se enfrentan las posturas de los dos hombres y la incapacidad para la elección de una dama que si bien ama al noble italiano, también parece amar a un esposo con el que ha mantenido una relación supuestamente fría y distante, en el que habían primado los aspectos externos que se descubren un mundo superficial recubierto de oro y brillantes, un mundo que empieza a carecer de sentido cuando tras recuperar los brillantes vuelve a perderlos, porque ha olvidado su valor tangible sustituyéndolo por uno simbólico que la sumen en la desesperación.

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