viernes, 18 de noviembre de 2011

Martín Fierro (1968)

En 1872 el poeta, periodista y político argentino José Hernández concluyó el poema narrativo El gaucho Martín Fierro, cumbre de la literatura gauchesca desarrollada durante el siglo XIX en Argentina, Brasil o Uruguay. Publicado al año siguiente de su conclusión, Martín Fierro se convirtió en una leyenda, como también lo hizo su autor. Su versos sonaron por la inmensidad de la Pampa, entonados por cantores en las pulperías o por lectores que congregaban a grupos de campesinos que escuchaban las andanzas de un gaucho condenado por su época, de la que es testigo, y por un destino desgraciado. Pero, más que nada, lo escuchaban porque Fierro les resultaba un hombre cercano, sencillo y reconocible en ellos mismos, un héroe sin gloria, sin más patria que el suelo y el cielo por donde deambula obligado por las injusticias de que nunca dejan de perseguirle. Siete años después de El gaucho Martín Fierro, el poeta escribió La vuelta de Martín Fierro; aunque, más que dos poemas, ambas composiciones conforman un todo en el que el héroe gauchesco expresa sus vivencias y su opinión mediante el canto, <<...porque entre tanto rigor y habiendo perdido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor...>>. Su éxito y la calidad de la obra convirtieron a Martín Fierro en un clásico de la literatura Argentina, pero también en un clásico de la literatura mundial, porque su personaje es universal y esa universalidad no escapó a la mirada del cine, ni a la de un cineasta como Leopoldo Torre Nilsson, uno de los grandes que ha dado el cine argentino. El resultado del Martín Fierro de Torre Nilsson es más que decente, si se tiene en cuenta la dificultad que conlleva adaptar a la pantalla una obra como ésta, más si se acerca desde el canto que el gaucho entona para hablar de los desventurados años que siguieron a su reclutamiento forzoso en la milicia. Martín (Alfredo Alcón) recuerda como hubo de abandonar su hogar, su mujer y sus dos hijos, para trasladarse a la frontera, lugar que tendría que proteger de las incursiones de los indios, sin embargo, la realidad fue algo distinta, como se descubre cuando el comandante se queda con la montura de Fierro o cuando a éste nunca se le incluyen en la lista de los salarios, como también ocurre con otros compañeros. La injusticia ya se ha posado sobre él, a pesar de ello aguanta hasta que llega un momento en el que su condición de ser humano le obliga a alejarse de allí, convirtiéndose en un desertor. Cuando Fierro regresa a su hogar descubre que ya no existe, su casa ha sido vendida, sus tierra han pasado a otras manos, su mujer y sus hijos ya sólo son un recuerdo en su alma. La vida del gaucho se vuelve oscura, triste y solitaria en un deambular por una extensión infinita que no le conduce a ninguna parte, sólo al dolor y a dos muertes. Martín sufre, eso es evidente, y tiene motivos para ello, como también sufre Cruz (Lautaro Murúa), el hombre que pretende atraparle y que se convierte en su amigo, porque ambos están hechos de la misma astilla. Son iguales, dos gauchos, dos hombres firmes, de palabra, sencillos, pero honestos. Su reconocimiento les lleva a cabalgar juntos durante un largo periplo que sólo la muerte podrá separar; al tiempo que los hijos de ambos se encuentran y se reconocen, mostrando un sufrimiento similar al de sus padres. En su Martín Fierro Torre Nilsson pretendió mantener el espíritu del original literario, declamando los versos del poeta desde la voz del gaucho, mientras deambula por esa soledad a la que el héroe hernandiano ha sido condenado por la injusticia que le priva de la tierra, de la familia o de la educación que exigen sus palabras, porque, a parte del romanticismo de la obra, Hernández también mostraba la realidad de su momento, aquella que había que mejorar.

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