martes, 28 de febrero de 2012

El que recibe el bofetón (1924)

Los símbolos visuales que Victor Sjöström empleó en El que recibe el bofetón (He Who Gets Slapped) elevan su propuesta a obra maestra del cine mudo, aunque estos recursos tenían una función específica, aquella que muestra la condición humana de Paul Beaumont, un personaje que resulta perturbador, patético y digno de compasión, gracias en buena medida a la aportación de Lon Chaneyel hombre de los mil rostros y una de las estrella indiscutibles del periodo silente, pero encasillado por sus personajes a menudo monstruosos y víctimas del desequilibrio emocional que también define al payaso Él. En esta película el cineasta sueco expuso con brillantez la trágica existencia de este hombre que ha perdido su condición de serlo, condenado a una vida en la que ya nada le importa ni le afecta, ni siquiera cuando lo humillan en la pista del circo para disfrute de su público, sádico e irracional. Sin embargo, antes de llegar a este extremo, se muestra al Beaumont anterior a su transformación, así se descubre a un científico a quien únicamente importan sus investigaciones y su mujer María (Ruth King). De tal manera, no contempla la posibilidad de que su mundo se derrumbe, como tampoco sospecha que su mecenas y supuesto amigo, el Barón Regnard (Marc McDermott), le usurpe su descubrimiento ante decenas de eminentes académicos. El científico reacciona, aunque ninguno de los presentes concede crédito a sus palabras de protesta. Risas, burlas, carcajadas, humillan a un hombre a quien se despojado de la mitad de su ser. En esas condiciones, no puede más que buscar apoyo en su otra mitad, representada en su esposa, de quien espera consuelo y en quien encuentra la pérdida absoluta de su existencia. Este instante de dolor, cuando descubre que ella también se ha reído de él, rompe de manera definitiva su precario equilibrio emocional, porque María le dice que no es más que un payaso. Beaumont pierde la razón, su identidad y su capacidad de sentir, como refleja de manera simbólica el hecho de que en su nueva existencia asuma el anonimato que le ofrece el pronombre personal, se convierta en un clown y alcance la fama por recibir bofetones en la pista del circo, pero ¿por qué las bofetadas, símbolo del dolor ajeno, divierten al respetable? La respuesta a esta pregunta no tiene cabida en estás líneas, quien sí la tiene es Consuelo (Norma Shearer), la nueva amazonas del espectáculo. Con su irrupción en la pantalla se produce un giro inesperado en el entorno circense, sobre todo en el jinete Bezano (John Gilbert), y en el payaso sin nombre. Consuelo y Bezano no pueden evitar enamorarse, como tampoco Él puede evitar que nazca una pequeña esperanza de recuperar su corazón, cuando la joven le cose uno de trapo en su traje de payaso; un nuevo símbolo dentro de un film repleto de ellos. En ese momento, de gran carga emocional, el protagonista comprende que puede volver a amar, porque ha sentido respeto, amabilidad y la comprensión que le ofrece la mujer que responde a un nombre que encaja a la perfección en las necesidades del clown. Pero, para su desgracia, ella no piensa en él como amante, ese pensamiento lo reserva para el jinete con quien pretende compartir su futuro y su presente. Sin embargo el padre de la artista, el conde Mancini (Tully Marshall), tiene otros planes para su hija, en quien ve su oportunidad para recuperar parte de la fortuna y del prestigio perdido. Para provocar mayor dramatismo Victor Sjöström combinó dos escenas que se contraponen por su significado, en las que se muestran a los amantes, símbolo de la pureza de un sentimiento que nace del corazón, y la negociación que mantienen Mancini y Regnard, realzando el carácter mezquino de un padre que antepone su necesidad material a la felicidad de su hija, y confirma la amoralidad que rige el comportamiento del segundo. Cuando Él descubre al barón en compañía del conde, comprende que la felicidad de aquella a quien ama peligra, lo cual le impulsa a protegerla y a confesar sus sentimientos. Pero Consuelo asume que la declaración de Él es una broma para provocar su risa (triste sino el del payaso), por eso reacciona riéndose, hecho que significa una nueva bofetada en el alma de aquel que debe resignarse ante un amor imposible. Pero su desengaño no afecta a la idea de vengar su pasado y salvar el presente (futuro) de Consuelo. ...Y, ante ustedes, parece decir Sjöström, la última actuación de Él, el payaso solitario que ha decidido reírse el último, porque "en la inexorable comedia de la vida quien ríe el último, ríe mejor”.

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