domingo, 25 de marzo de 2012

Viaje a la Luna (1902)

En los albores del cine las películas que se proyectaban en las ferias, salones o carpas improvisadas, mostraban hechos cotidianos como la llegada de un tren, desfiles marciales, fenómenos de la naturaleza o la salida de los obreros de una fábrica, cuestiones que sorprendieron a un público virgen que se emocionaba ante esas imágenes en movimiento, que en poco tiempo habían mostrado cuanto se encontraba al alcance de las cámaras de cineastas pioneros como los hermanos Lumière. Esta primera manera de rodar producía películas de pocos minutos de duración, en la que ni existía un eje argumental ni actores, sólo la realidad que captaba el objetivo. Fue entonces cuando surgió la figura de Georges Méliès, quien tras ver la producción de los Lumière se decidió a hacer cine, pero uno distinto al expuesto por los inventores del cinematógrafo, dotando a las imágenes de una historia, empleando actores y utilizando novedades como los trucajes que se observan en Viaje a la Luna (Le voyage dans la Lune), un film que visto actualmente podría llevar al error de juzgarlo de modo simplista, pero si se profundiza y se reconoce que todo arte, como cualquier otro ámbito de la vida, implica una evolución, se descubre su importancia. Posiblemente inspirado en el cine narrativo de la pionera cinematográfica Alice Guy, Méliès se basó en las novelas de Julio Verne (De la Tierra a la Luna) y H.G.Wells (Los primeros hombres en la Luna) para filmar la producción más larga hasta el momento de su estreno (quince minutos aproximadamente), un éxito entre el público (aburrido de las imágenes reales que se exhibían en los lugares de proyección), y actualmente considerada una de las primeras películas de ciencia-ficción de la historia. Méliès incorporó la puesta en escena, algo que apenas se había desarrollado antes de su irrupción en el nuevo medio. De hecho, en Viaje a la Luna se utilizaron distintos decorados, trucajes por sustitución o actores y actrices que provenían del ámbito de las variedades ante la negativa de los intérpretes teatrales, que consideraban el nuevo medio como algo vulgar. Y de ese modo la magia del cine se hizo realidad en la figura de Georges Méliès, capaz de llevar a cabo el primer viaje cinematográfico a la Luna (él mismo interpretó a uno de sus personajes), en el que seis astrónomos se pasean por el satélite terrestre con sus sombreros y sus trajes de andar por casa, sin que la falta de oxígeno les afecte ni a los pulmones ni a la alegría de haber alcanzado el objetivo de la misión. No obstante, lo que parecía un paseo campestre se convierte en la lucha por sobrevivir cuando accidentalmente matan a un selenita, dando pie a que el resto de los habitantes del satélite ataquen a los científicos, aunque posiblemente sólo intentan defender su hogar ante la agresión terrestre. Queda en la memoria el lanzamiento del cohete-bala, propulsado por un enorme cañón que le permite la fuerza suficiente para alcanzar un objetivo que se agranda, delatando con este truco la aproximación de la nave que alunizará contra en ojo derecho de la Luna, a quien, a juzgar por su semblante, no le habría hecho mucha gracia que sus visitantes se presentasen de un modo tan impactante.



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