miércoles, 25 de julio de 2012

Historias de Filadelfia (1940)


La exitosa pieza teatral de
Philip Barry tuvo dos adaptaciones cinematográficas similares, salvo por la pequeña diferencia de que la primera es brillante y la segunda carece de brillantez, lo que vendría a confirmar que un material a primera vista idéntico no resulta igual dependiendo de quien lo maneje. Pues no es lo mismo que el director se llame George Cukor, elegante en la dirección, que se llame Charles Walters, sin pretender menospreciar sus capacidades como realizador. Tampoco sería igual contar con un elenco, del que Cukor supo extraer lo mejor, entre quienes se encontraban Cary Grant, Katharine Hepburn y James Stewart, que contar con Frank Sinatra, Grace Kelly y Bing Crosby, quienes, aun siendo brillantes estrellas mediáticas, no poseían ni el don cinematográfico ni el talento cómico de los anteriores. Pero las diferencias entre ambas producciones se acumulan más allá de la química del trío protagonista; diferencias entre las que se cuenta los actores de reparto, que en manos de Cukor se convierten en indispensables a la hora de disparar la comicidad, la fotografía en blanco y negro a cargo de Joseph Ruttenberg, que realza la elegancia del ambiente glamouroso por donde entran, salen y se mueven los personajes, o las labores de producción, la primera en manos de Joseph L. Mankiewicz, que había hecho un primer tratamiento del argumento antes de que Donald Odgen Stewart asumiera la escritura del guion que le reportaría un Oscar, y la segunda producida por Sol C. Siegel. Por lo tanto, se puede afirmar que Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940) sí es alta comedia, sofisticada en grado sumo, en cambio, Alta sociedad (High Society, 1956) carece del mágico encanto de la primera versión cinematográfica de la obra de Barry, sensación que nace de la inevitable comparación con el de Cukor. ¿Quién sabe? —me pregunto—, puede que de no existir la película original, quizá considerase la de Walters con mayor entusiasmo, aún así, sospecho que me resultaría difícil.


Realizada la odiosa comparación, cabe señalar que
Katharine Hepburn fue la principal impulsora del proyecto, basado en la obra teatral que ella misma había protagonizado y producido con éxito en Broadway, una comedia que Barry había escrito para la actriz, e inspirándose en ella. Con su adaptación a la gran pantalla, la actriz pretendía recuperar su estrella y enderezar el rumbo de su carrera cinematográfica, que se encontraba en punto en el que ningún estudio parecía querer contar con ella, situación que encuentra explicación en los fracasos en la taquilla de La gran aventura de Silvia (Sylvia Scarlett, 1935), La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938) y Vivir para gozar (Holiday, 1938). Tras la buena acogida de la obra entre el público y la crítica, Mankiewicz llamó a la actriz y esta, en posesión de los derechos, compartidos con Howard Hughes, aceptó protagonizarla y la MGM tenía claro que George Cukor era el ideal para asumir las riendas del proyecto, que el cineasta inició insertando una secuencia que muestra el final del matrimonio de C. K. Dexter Haven (Cary Grant) y Tracy Lord (Katharine Hepburn). Por lo que se puede observar en ese instante, ella rompe uno de los palos de golf de su marido, se trata de una mujer de armas tomar, cuestión que se reafirma en el presente, dos años después de aquella separación poco amigable, cuando se encuentra a punto de celebrar sus segundas nupcias, hecho que atrae la morbosa curiosidad del público y del editor de la revista Spy (Henry Daniell), quien encarga a dos de sus empleados la cobertura del enlace. Pero, existen dos problemas para cubrir la noticia, el primero se descubre en la negativa de Macaulay Connor (James Stewart) a prestarse a desperdiciar su talento en una reportaje sensacionalista y el segundo en el cómo acceder a la mansión Lord sin despertar sospechas, y es en este punto donde C. K. Dexter Haven de nuevo entra en acción, pues él es el encargado de presentar a Macaulay y a Elizabeth Imbrie (Ruth Hussey), la fotógrafa enamorada de su compañero, como amigos del hermano de la novia, en ese momento ausente del país. Sin embargo, en un primer instante, Tracy se niega a seguir el juego de su ex-marido, hasta que este le expone los hechos con claridad: o permiten que cubran la ceremonia o el editor publicará los trapos sucios de Seth Lord (John Hallyday), el cabeza de familia. Historias de Filadelfia sigue las pautas de la screwball comedy, priorizando la lucha de sexos y los ambientes refinados, dos características siempre presentes en el film de Cukor, ya que la lujosa mansión y el enfrentamiento entre lo femenino y lo masculino marcan parte de la trama, cuyo enredo se desarrolla durante el víspera y el día de la boda, tiempo más que suficiente para que sucedan situaciones imprevisibles para Tracy, como descubrir que, para quienes la rodean, no es sino una especie de diosa, fría, sin debilidades aparentes y con la capacidad de emitir juicios sobre los comportamientos de sus allegados, cuestión que C. K. y su padre le recriminan en los momentos de mayor tensión. Esta realidad le duele, porque ella solo quiere ser alguien a quien quieran, no alguien a quien admiren o luzcan como parece la intención de su prometido George Kittredge (John Howard), un hombre que no cae demasiado bien entre los presentes en la mansión Lord, quizá porque le falta la vivacidad y el encanto que sí se observan en el ex-marido o incluso en Macaulay Connor, un nuevo aspirante a los favores de la deidad, porque el periodista también sucumbe a sus encantos, ignorando a Elizabeth, que también los tiene, aunque menos refinados y más irónicos.



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