sábado, 15 de septiembre de 2012

Tarzán de los monos (1932)

Algunas películas deberían verse con ojos infantiles o con la inocente percepción de los espectadores de la época en las que fueron rodadas, ya que por aquel entonces el público sería tan infantil respecto al cine como un niño o una niña de ocho años al contemplar por primera vez Tarzán de los monos (Tarzan, the Ape Man), al menos eso dice la experiencia, ya que no resulta igual de gratificante ver esta película de adulto que de niño, cuando uno se dejaba arrastrar por la imaginación y se adentraba en una aventuras en parajes exóticos y lejanos, sin darse cuenta de que no eran reales, como tampoco los son los fondos trucados en los que se proyecta la imagen de una selva donde ni Tarzán (Johnny Weissmuller) ni Jane (Maureen O'Sullivan) se encuentran, pero eso no afectaría a la ilusión, porque ésta se gesta en la mente y ahí sí se hace real, permitiendo que, sin prejuicios de ningún tipo, se disfrute de la experiencia de dos seres que se encuentran y se unen para sobrevivir en un medio hostil como aquella selva africana en la que habita Tarzán. El personaje creado por Edgar Rice Burroughs ya había sido trasladado a la pantalla con anterioridad al film de W.S Van Dyke, pero sin duda éste es el más famoso de todos ellos (daría pie a once secuelas interpretadas por Johnny Weissmuller), quizá por la fama que precedía a su protagonista, ajena a su limitada capacidad actoral, ya que había sido un famoso nadador estadounidense (ganador de cinco medallas de oro y una de bronce en dos Juegos Olímpicos); además se trataba de una producción que permitía al espectador viajar a territorios exóticos e inaccesibles para él, al tiempo que enfrentaba a un héroe popular con el medio hostil en el que vivía (tribus en pie de guerra, animales salvajes o la aparición del hombre blanco para romper la armonía en la que Tarzán ha vivido hasta entonces, pero que también trae la compañía femenina de la que nunca antes había disfrutado). Tarzán de los monos, no sólo maneja a Cheeta y a otros primates, sino a los elefantes, al tiempo que vence a cocodrilos y leones, todo un héroe de acción y aventura que se desvive por la chica que ha entrado como una exhalación en su cerebro y en su corazón; Jane, Tarzán, Jane, Tarzán… y así seguiría si la pobre Jane no le frenase como consecuencia del dolor que implican la repetición de las mismas palabras y los golpes que el gorila humano le propina cuando las pronuncia; pero lo que más revienta al oído no es su repetición de antropónimos, que utiliza en vistas de un futuro apareamiento con la hembra de su especie, sino el famoso grito con el cual convoca a sus colegas de la jungla, un aviso que debe emitir alguien que se ha escondido detrás de un árbol, porque cuando Tarzán gesticula sus labios permanecen en la misma posición; pero eso carece de importancia para los monos y elefantes que acuden en tropel a la señal de alarma emitida por su patrón y amigo, para ayudarle a sobrevivir a los ataques de los aborígenes o a los prejuicios y a la ambición de Harry Holt (Neil Hamilton), el socio del padre de Jane, que no se atiene a razones y considera que un hombre mono no es un ser humano. Similar en el pensamiento, aunque no en el comportamiento, se descubre al bueno de James Parker (C.Aubrey Smith), el padre de la novia de Tarzán, que considera a su futuro yerno como un ser diferente a ellos, pensamiento que huele a una falsa creencia de superioridad y refinamiento, que sin duda Tarzán se encargará de que corrijan, sino más les hubiese valido contratar guías y portadores más competentes que aquellos que acompañan a todas sus visitas.

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