miércoles, 10 de octubre de 2012

El pirata de Capri (1949)


Resulta inevitable percibir cierto parecido entre el capitán Sirocco (
Louis Hayward), el Zorro y la Pimpinela Escarlata, los tres son héroes que esconden sus verdaderas identidades detrás un antifaz que les permite actuar en contra de un orden opresivo e injusto; para más coincidencias se escudan en alter egos refinados que nadie en su sano juicio diría que poseen las cualidades y habilidades que desarrollan cuando se disfrazan. Sirocco es un pirata, aunque no aborda navíos, más bien los captura desde dentro, tras ofrecer un espectáculo de saltimbanquis con el que entretiene al pasaje y a la tripulación, que se ven sorprendidos cuando concluye la actuación, y descubren las intenciones de un pirata con vocación artística. Sirocco lucha por un cambio político que mejore la situación en la que vive el pueblo del reino de Nápoles, como consecuencia, los botines sustraídos no son para su lucro personal, sino para apoyar una revuelta popular que derroque al gobierno del tiránico barón Von Holstein (Massinmo Serato), aunque para ello deba destronar a la reina (Binnie Barnes), a quien desea defender del noble que maneja los asuntos de estado, El antagonista de Sirocco no presenta la dualidad que se observa en el pirata, en todo momento se muestra como un villano capaz de realizar cualquier acto, por terrible que éste sea, con tal de garantizarse su posición privilegiada (torturas, asesinatos o encarcelamientos). El pirata es consciente de que debe acabar con el reinado de terror de Von Helstein, no sólo por una mejora social, sino también por una satisfacción personal, ya que se trata del asesino de su hermano, cuestión que descubre después de apoderase del navío que trasporta a la prometida del conde de Amalfi (elegida por la mismísima reina para su súbdito más leal), quien por esas circunstancias creadas a raíz de la doble personalidad del héroe resulta ser el propio Sirocco. Durante su encuentro con el pirata enmascarado María (Mariella Lotti) siente rechazo y atracción, y al igual que aquel, no puede dejar de pensar en un nuevo encuentro que confirme el inevitable sentimiento que surge en la cubierta del barco.


La puesta en escena de 
El pirata de Capri (I pirati di Capri/The pirates of Capri, 1949) apuesta por el movimiento y el desenfado, y ameniza la aventura propuesta con las notas musicales compuestas por Nino Rota. Ulmer narra las andanzas de un héroe que oculta su identidad detrás de un antifaz negro, para atacar el sistema desde fuera, pero también actúa desde dentro mostrando su yo artístico: el de aristócrata pusilánime contrario a su verdadera personalidad, el mismo que María rechaza y que la reina adora. No cabe duda de que Ulmer acierta con el ritmo, por exigencias de tiempo y también porque poseía la rara cualidad de trabajar con poco presupuesto y conseguir resultados excelentes. Sin fisuras en su ritmo y sin pretensiones intelectuales que jueguen en contra de la aventura y la diversión, de El pirata de Capri da rienda suelta a la intriga, el romance y a los duelos de capa y espada, enfrentamientos que dominan en ese reino borbónico de Nápoles hacia finales del siglo XVIII, un reino asolado por el hambre y las injusticias llevadas a cabo por el malvado barón Von Holstein, y con las ideas libertarias de la revolución francesa como eje ideológico de un héroe que lucha por un cambio que acarree una mejora en las condiciones de vida del pueblo napolitano.

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