viernes, 3 de mayo de 2013

Vivir (1952)

Para Akira Kurosawa, hacer cine era vivir y vivir era hacer cine, por ello, sus grandes películas contienen la emotividad de un director que vivía para rodar, cuestión esta que quedó patente en la desbordante vitalidad artística que se descubre en cada uno de sus proyectos, dentro de los cuales se encuentra esta incontestable obra maestra del cine japonés. Vivir (Ikiru) se inicia con una voz en off ajena a la historia de Kenji Watanabe (Takashi Shimura), de quien el narrador omnisciente asegura que se trata de alguien que dejó de vivir tiempo atrás, además de desconocer que sufre cáncer de estómago en fase terminal. Watanabe se ha ido momificando lentamente, así se le observa en su trabajo, donde cada jornada se sienta tras su mesa, sin otro objetivo que dejar que el tiempo se consuma sin más. Pero este individuo, jefe del departamento de ciudadanía, no desentona con su entorno, pues la cámara no tarda en mostrar a un grupo de mujeres a quienes, en lugar de ofrecer una solución al problema que les preocupa, se las ningunea a enviándolas de un lugar a otro del edificio público, sin que ningún funcionario se responsabilice del asunto que las ha llevado hasta allí. A parte de su crítica al sistema administrativo, Vivir contiene un claro mensaje vitalista, similar en la distancia (opuesto en su planteamiento) al expuesto por Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!, película más amable que esta sincera y humanista reflexión sobre la diferencia entre existir y vivir. <<Si no te quedan más de seis meses de vida, como a ese hombre, ¿qué harías tú?>> pregunta el doctor (Masao Shimizu) a uno de sus asistentes después de que Watanabe, cabizbajo, asustado y desilusionado abandona la sala donde le han dictaminado una leve úlcera de estómago. Pero el paciente comprende que, tras las amables palabras del doctor, se esconde una realidad muy distinta, ya que aquellas son las mismas que el anciano de la sala de espera le dijo que el médico empleaba para tranquilizar a quienes sufren un cáncer de estómago incurable. Watanabe comprende su realidad, aquella que inevitablemente trae consigo la idea y la certeza de la muerte, y con ella, el miedo, la soldad y la tristeza, pero también conlleva un toque de atención en el enfermo, quien, paulatinamente, cae en la cuenta de que desea experimentar y disfrutar de sus últimos meses de vida. A medida que asimila la imposibilidad de su nueva condición, descubre que vivir no solo consiste en existir, dejando que los días pasen sin más, implica un algo más que él perdió años atrás, quizá como consecuencia de un cúmulo de circunstancias entre las que se encontraría su alienante labor dentro de un sistema que no funciona o debido a la soledad a la que se vio condenado después del fallecimiento de su esposa. Tras sufrir un primer momento de aguda tristeza, desilusión e imposibilidad, acepta la certeza de que su vida se ha escapado sin apenas saborearla. Aquello que consideraba importante: trabajo, ahorros e hijo (Nobuo Kaneko), que solo parece preocuparse por el dinero de su padre, no han sido más que las excusas a las que se ha aferrado para silenciar su desidia. Está claro que, para él, resulta terrible descubrir la proximidad de la muerte, pero más aún lo es, el reconocer que ha malgastado su tiempo sin haber hecho nada que le haya proporcionado un mínimo de satisfacción. De tal manera, el enfermo decide buscar en la diversión y en el alcohol aquello que se ha negado, sin embargo nada de lo que hace le llena, ni genera la sensación de felicidad que descubre tras la irrupción en su vida de Toyo (Miki Odagiri), la joven empleada de la oficina que provoca un cambio de actitud en el triste funcionario. La desbordante energía de la muchacha lo contagia, hasta el punto de necesitar su presencia, como si fuera posible compartir su vitalidad. No obstante, después de unos días de amistad, Toyo siente la necesidad de poner fin a la extraña y asfixiante relación, hecho que provoca que el moribundo le confiese su imperativa necesidad de hacer algo que le devuelva una última sensación de estar vivo. En ese momento, la mente de Watanabe comprende que sentir la alegría de la joven no le proporcionará su redención, y es entonces cuando recuerda al grupo de mujeres que al inicio del film no supo o no quiso atender. En este punto, Vivir rompe su linealidad y avanza cinco meses, deteniéndose en el mismo día del funeral del protagonista de la historia. Gracias a este salto temporal se comprenden los esfuerzos realizados por el responsable no reconocido de la construcción del parque que ahora ocupa el lugar donde antes se encontraba el sumidero por el que protestaban las ciudadanas. A través de breves flashbacks y de los comentarios de los compañeros del finado se perfilan los hechos omitidos con la ruptura narrativa. El debate que se desarrolla en los último treinta minutos de Vivir permite comprobar el punto de vista de los funcionarios y su desconocimiento de los hechos. Al compartir sus recuerdos logran comprender que el verdadero artífice del parque, que ahora todos alaban, cuando meses atrás nadie se había preocupado por sanear la zona urbana, fue un moribundo que se aferró a su último soplo vital para llevar a cabo su lucha, no contra su enfermedad, sino contra las negativas y los constantes obstáculos presentes en su afán por materializar el proyecto que le hizo sentir de nuevo, aunque solo uno de los presentes alcanza a comprender el significado de aquello que impulsó a Watanabe.

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